Te descubrí siendo pequeña, en tu viejo campo, donde presencié un amistoso entre mi primer amor -el Athletic- y un equipo brasileño cuyo nombre no recuerdo. No me fascinaste, pero me apenó después que derribaran tu vieja morada, aquel césped que llegó a verte jugar en Segunda.
En realidad, no fue hasta los 27 años cuando advertí tu encanto. Unas cartulinas, la cercanía y la ilusión mantenida en unas fechas en las que te jugabas el regreso a Segunda B. Cuentan quienes te conocen que has sido grande, que te has levantado tras muchas caídas. Me hablan de jugadores que no conozco, de partidos que no viví y, por eso, prefiero centrarme solo en tu presente.
Un presente en el que los más pesimistas temen verte metido en un pozo del que no sepas salir. Piden cambios y critican decisiones al tiempo que pienso en lo fácil que es ver y hablar de lo malo. Yo, en cambio, pido confianza y calma. Pero, sobre todo, actitud y optimismo. Yo que he hecho del optimismo mi política de vida, lo he logrado tras muchos traspiés y demasiados malos momentos. Pero gracias a ellos, cada vez que me vuelvo a enfrentar a uno, siempre surge una fuerza que me empuja a tirar hacia arriba. Y una mano amiga que me impulsa.
Yo me comprometo a ser tu mano para levantarte, a cambio de que tus chicos se convenzan de que los tres puntos pueden ser suyos. Se ponga el partido como se ponga. Que obtengan reflexiones de la soledad en el banquillo tras el pitido final, de los portazos, de los enfados… Que saquen la rabia acumulada sin dejar de creer nunca en la victoria.
Sé que la teoría es muy fácil de aprobar con sobresaliente, pero que la práctica puede ser de cinco raspado. Sin embargo, la actitud es fundamental. Tampoco te voy a engañar. Desde hace dos semanas, causas en mí sentimientos contradictorios, y eso que es difícil que salga enfadada de un campo de fútbol. Mi memoria pez me hace olvidar al poco de terminar el encuentro. Provocas rabia tras cada pitido final pero, sobre todo, la provocas con las ocasiones falladas. Y a la vez, mantengo la tranquilidad, porque conservo la confianza en que, mientras haya un próximo partido, se podrán cambiar los resultados futuros. No la pierdo porque veo la rabia en los jugadores, los gritos de ánimo de unos a otros, y los de desaprobación cuando alguno se siente abandonado en una jugada. A ellos les duele como a los que nos abrigamos y nos desplazamos a campos contrarios para verles jugar.
Trabajo hay, somos el tercer equipo menos goleado de nuestro grupo, lo que refleja que poseemos una defensa fuerte. Falta gol y es cierto que, si nosotros fallamos y los demás marcan, iremos descendiendo puestos. Lógica matemática. Pero confío plenamente en los delanteros y estoy convencida de que serán capaces de darle la vuelta. Ahora no se trata de que cada aficionado que acude a Lasesarre demuestre sus dotes como entrenador. ¡Hay tantas opiniones y todas tan dispersas! En estos momentos la clave es caminar juntos, como cuando vivimos el play-off. Se trata de recuperar esa ilusión. ¿Que los resultados y el juego no contribuyen? Chic@s, somos aficionados y en nuestro deber como tal está el de proyectar la misma fe que los jugadores proyectaron en nosotros la temporada pasada. Dejaos de críticas y apoyar al equipo.
Echando números, y si logramos recuperar la dinámica de ganar, tendremos posibilidades de ascender. Pero para mí esa no es la meta. Lo importante es hacer piña y afianzarse en la categoría. Los grandes objetivos se logran con el trabajo diario. No puedes pretender construir la cima de un edificio sin haber afianzado su base. Es bonito creer que por ganar cuatro partidos seguidos podemos ascender, pero se corre el riesgo de alarmarse por no haber ganado en seis. Preocupa, pero la seguridad es la clave. Y es más importante el apoyo cuando las fuerzas flaquean que cuando todo es jauja.
A mí mi padre no me enseñó a ser del Barakaldo. Mis abuelos no me hablaron de tardes en Lasesarre. Del Barakaldo he aprendido a ser yo sola. Y sí, de un equipo que el año pasado estaba en Tercera y que ahora milita en Segunda B. A mí también me sorprende, pero me gusta por la cercanía que transmite, lejos de una categoría cada vez más infectada de los intereses del Real Madrid y del Barcelona, donde pesan más las informaciones que publican los medios de comunicación que el fútbol que se juega. A veces es mejor ser invisible para los medios que convertirse en su objetivo. De esta forma, uno se puede centrar en lo que debe hacer: jugar a fútbol.
En solo cinco meses he disfrutado en Lasesarre, en viajes, colocando cartulinas, preparando equipajes, repartiendo bollos el Día del Txiki… Son pequeños detalles que me permiten sentirme dentro de una familia. Y en parte, las ganas de pertenecer a ella la tienen los jugadores de la anterior temporada, que fueron quienes me enseñaron a disfrutar de este club. Los que continúan y aquellos que ya no están, como Garcés, Etxabe, Txutxi, Txemi, Rubén Espinosa… Por supuesto, también las nuevas incorporaciones, como Aguiar, Orbegozo, Medina, Méndez, Aitor, Montoya, Perico… y las personas que he conocido y que me han recibido con los brazos abiertos tanto en las gradas como en mi día a día.
Por ello, a los jugadores solo os pido que el próximo domingo salgáis con calma, sin miedo y con confianza. Y pase lo que pase durante los noventa minutos, solo un pensamiento: ganar. Los tres puntos van a llegar. Y que nadie olvide que el fútbol es un deporte donde la afición también toma parte. Por eso, yo voy a caminar contigo Barakaldo.